Las voces que sus manos crean

Publicado: 19 octubre, 2011 en Uncategorized

La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba un Ay madre mía de mi vida que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre.

Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses. Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones.

Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no podía parar de reír.

Reía. Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.

El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares.

Era día de visita. La mujer que iba a morir no sabía que iba a morir.

La voz dormida. Dulce Chacón

En una misma semana disfrutamos de Dulce gracias a la cinta de Benito Zambrano y descubrimos aún más -o más bien, vivimos la alegría de un reconocimiento tan merecido- a Inma con su Tiempo de arena. Lástima que la morenita no esté para para verlas, que disfrutaría…

Dos hermanas con un talento compartido e inagotable; una voz que nunca dormirá gracias a las novelas y poemas que nos dejó antes de marcharse -la de Dulce- y una finalista del Premio Planeta -Inma- que esperamos no deje de escribir, porque se disfruta cada palabra que escribe como si no fuera a haber más.

Dos hermanas que, con sus muchísimas diferencias a pesar de ser gemelas, son y seguirán siendo la voz de quienes no la tuvieron en su tiempo. La voz dormida y Tiempo de arena comparten esa fuerza y esa reivindicación del papel, el sufrimiento y el sacrificio de las mujeres a lo largo de la historia. Ambas autoras, ambas hermanas, nos descubren lo inmenso de la vida y de las mujeres en sus obras. A ambas gracias, por compartir vuestro talento con nosotros.

Felicidades a las dos.

Eran dos y el resto del mundo”; dice vuestra madre. Ahora sois dos, y cada una, con el mundo.

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